El eco de un latido en mis manos

Dicen que el amor es humano, pero yo aprendí a amar en el silencio de cuatro patas. Desde que tengo memoria, mi mundo ha estado poblado de hocicos fríos y miradas que, sin decir una sola palabra, lo comprendían todo. Siempre fui esa persona: la que buscaba refugio en lo sencillo, la que prefería la lealtad de un animal al ruido vacío de la gente.

Cuando la tristeza me inundaba y las ganas de llorar me apretaban la garganta, nunca hubo unos brazos humanos esperando para sostenerme. Pero siempre, siempre, hubo una cabeza que se apoyaba en mi regazo o una caricia peluda que me recordaba que seguía viva. Mis mascotas fueron mis pañuelos, mis confidentes y mis anclas.

Recuerdo llegar de la escuela a una casa que, de otro modo, habría estado desierta. El silencio me habría devorado de no ser por ellos. No comía sola; comía con su compañía constante, con su presencia llena de vida que llenaba cada rincón del comedor. Y en esas noches eternas, esperando el sonido de la llave de mi mamá en la puerta, el miedo nunca pudo entrar. No estaba sola esperando en la oscuridad; estaba jugando, riendo en voz baja o simplemente durmiendo abrazada a ese calor honesto que solo ellos saben dar.

Por eso, cuando uno de ellos se va, una parte de mi cuerpo se apaga.

No es solo tristeza; es un duelo físico que me enferma el alma y me debilita los huesos. Es perder al testigo de mis soledades, al único ser que me vio crecer cuando nadie más miraba. Quedarme desconsolada es lo mínimo que puedo hacer por quienes me dieron todo a cambio de nada. Porque al final del día, ellos no solo fueron mis mascotas; fueron el hogar que yo misma construí para no sentirme huérfana en este mundo.

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