El eco de un latido en mis manos

Dicen que el amor es humano, pero yo aprendí a amar en el silencio de cuatro patas. Desde que tengo memoria, mi mundo ha estado poblado de hocicos fríos y miradas que, sin decir una sola palabra, lo comprendían todo. Siempre fui esa persona: la que buscaba refugio en lo sencillo, la que prefería la lealtad de un animal al ruido vacío de la gente.

Cuando la tristeza me inundaba y las ganas de llorar me apretaban la garganta, nunca hubo unos brazos humanos esperando para sostenerme. Pero siempre, siempre, hubo una cabeza que se apoyaba en mi regazo o una caricia peluda que me recordaba que seguía viva. Mis mascotas fueron mis pañuelos, mis confidentes y mis anclas.

Recuerdo llegar de la escuela a una casa que, de otro modo, habría estado desierta. El silencio me habría devorado de no ser por ellos. No comía sola; comía con su compañía constante, con su presencia llena de vida que llenaba cada rincón del comedor. Y en esas noches eternas, esperando el sonido de la llave de mi mamá en la puerta, el miedo nunca pudo entrar. No estaba sola esperando en la oscuridad; estaba jugando, riendo en voz baja o simplemente durmiendo abrazada a ese calor honesto que solo ellos saben dar.

Por eso, cuando uno de ellos se va, una parte de mi cuerpo se apaga.

No es solo tristeza; es un duelo físico que me enferma el alma y me debilita los huesos. Es perder al testigo de mis soledades, al único ser que me vio crecer cuando nadie más miraba. Quedarme desconsolada es lo mínimo que puedo hacer por quienes me dieron todo a cambio de nada. Porque al final del día, ellos no solo fueron mis mascotas; fueron el hogar que yo misma construí para no sentirme huérfana en este mundo.

Papelera

Hay heridas que no duelen por fuera, sino en ese rincón donde guardé el cariño que creí muerto y que tú, sin merecerlo, despertaste. Me dormí triste porque recordé aquella llamada donde me decías en lista las cosas que te gustaban de mí, y en ella estaban mis labios y mi arco de cupido… y ahora odio que mintieras tan bien, porque ahora dudo cada que alguien me dice que ama algo tan detallado de mí. Qué ironía: lo que un día me hizo sentir especial, hoy sólo me recuerda que no todos los gestos nacen de la verdad.

Luciernaga

Hay una batalla que se libra en el alma de quien ama sin ser correspondido. No es un combate de valentía ni de sacrificio, porque en el amor, el esfuerzo por sí solo nunca es garantía de reciprocidad. Puedes darlo todo, entregar cada día, cada pensamiento, cada gesto, pero si no eres quien la otra persona quiere, entonces no hay más que hacer. No hay llave secreta que abra ese corazón, ni promesa que incline su voluntad.  


El tiempo no negocia, no recompensa la espera con la certeza del amor deseado. Puedes contar los días, los meses, las horas invertidas, pero el corazón ajeno no entiende de méritos ni de perseverancia. Y es en ese punto donde el mayor acto de amor que uno puede darse a sí mismo es la compasión. La compasión de soltar, de aceptar que no se trata de rendirse, sino de volver a uno mismo.  


Regresar, no como quien se repliega derrotado, sino como quien se redescubre. Porque antes de amar con tanta intensidad, hubo una versión de ti que existía sin la desesperanza de la ausencia. Esa persona sigue ahí, solo que ahora lleva consigo la madurez de los años y la comprensión de que el amor no se mendiga.  


Alejarse de lo que se ama, de lo que se ha luchado por conservar, no es un acto de cobardía; es un gesto de respeto propio. Porque si el amor exige tu sufrimiento constante, si la lucha se convierte en un castigo, entonces no es amor lo que mereces. No es amor lo que debes seguir sosteniendo.  


Y por más lágrimas que caigan de mis ojos, él jamás podrá darme la respuesta que quiero. No es egoísta pedir respuestas, no es injusto querer entender. Pero ¿cómo entender lo que jamás tuvo sentido? ¿Cómo encontrar lógica en querer a alguien que nunca me dio nada? No hubo palabras dulces, no hubo tiempo compartido, no hubo momentos que atesorar. No fue la distancia la culpable, porque siempre hubo maneras, siempre hubo formas, pero él simplemente no quiso dar.  


No podía, ¿o no quería?  


¿Por qué tenía que rogar? ¿Por qué siempre tenía que pedir? ¿Por qué siempre fui yo quien debía comprender, quien debía poner sus sentimientos primero? ¿Qué hay de los míos?  


Y ahora, ¿no te importa nada? ¿Te da igual todo? ¿Por qué no quieres que me quede? ¿Por qué no buscas siquiera una chispa? ¿Significa que jamás sentiste nada? Ni siquiera el eco de una chispa... ni siquiera eso.  


A veces pienso en las luciérnagas, en su brillo que corta la oscuridad como un susurro de luz flotando en el aire. Nunca he visto una, pero siempre he deseado hacerlo. Imagino su destello danzando en la noche, tan delicado, tan fugaz, tan imposible de atrapar. Como si su luminiscencia contuviera el secreto de algo más grande, algo que no se puede tocar, solo contemplar desde la distancia.  


Tal vez el amor que nunca me fue dado es como el resplandor de una luciérnaga que nunca llegó a mi cielo. Una luz que existe en algún lugar, pero no para mí. Y si nunca pude verlas brillar, quizá tampoco era mi destino recibir la luz de su cariño. 


Odio las flores

He visto ramos colgando de manos ajenas,  y he sentido el aroma dulce de pétalos recién cortados. He observado cómo otros reciben el gesto, el destello en sus ojos cuando alguien, sin ser preguntado, ha decidido que merecen ese pequeño lujo.


Y, sin embargo, yo nunca he sostenido un ramo entre mis dedos.


No porque no lo desee. Me he mentido tantas veces diciéndome que no me importan, que el gesto es frágil, pasajero, innecesario. Que no quiero que nadie gaste en mí, que los pétalos caen, que las flores mueren. Pero en el fondo sé que no es cierto. No odio el gesto, solo temo el vacío de nunca haberlo recibido.


Hay algo profundamente humano en un ramo de flores. No es solo el objeto, ni siquiera el acto de entrega. Es lo que representa: pensar en alguien más allá de lo cotidiano, detenerse un instante y decidir que esa persona merece un detalle que no es útil, ni práctico, pero sí hermoso. Es el reconocimiento silencioso de un cariño, un afecto, un amor que no busca grandes discursos ni sacrificios, solo una pequeña belleza fugaz.


Y no quiero pedirlo. No quiero que alguien me regale flores porque se lo reclamé, porque las nombré en voz alta y el deber se volvió mayor que el deseo. Quisiera que alguien, por voluntad propia, pensara en mí frente a un ramo y creyera que su belleza me corresponde. Que sintiera, sin presión alguna, que un detalle tan efímero pero tan hermoso podría hacerme feliz.  


Porque no son baratas. Porque no se regalan sin pensar. Porque quien las compra sabe que está dedicando más que dinero: tiempo, intención, afecto.  


Y, sin embargo, aquí estoy, convenciéndome de que no me importan, de que no necesito flores, de que no las quiero, como si en esa mentira pudiera ocultar el miedo de que, tal vez, jamás alguien vea en mí la promesa de un ramo.  


Pero entonces me descubro imaginándolo, sin querer, sin poder evitarlo. La sensación de recibirlas sin esperarlas, la sorpresa de un gesto sincero, la certeza de que alguien, al menos por un instante, pensó que merecía algo hermoso.  


Y en alguna parte de mí sigue la pregunta: ¿algún día alguien creerá que merezco el gesto? 


Recomendación:

Bts the truth untold

Relaciones de papel

 

El amor ha cambiado. O quizá no, quizá solo ha perdido peso, como una estrella que va extinguiéndose poco a poco, reducida a una luz pálida que aún brilla, pero sin la misma intensidad.  


La monogamia, ese concepto antaño defendido con fervor, Las relaciones de hoy son frágiles, construidas sobre cimientos de arena, esperando el primer viento para derrumbarse. Son relaciones de papel, escritas con promesas efímeras y sentimientos de tinta diluida, destinadas a rasgarse en cualquier momento, sin resistencia, sin lucha. Amor de nombres que cambian con la velocidad de un mensaje nuevo, de caricias que no buscan profundidad, solo ocupar el vacío del instante. ¿Cuántas veces se ha dicho "te amo" sin intención de sostenerlo en el tiempo? ¿Cuántas veces se ha dado un beso con la certeza de que pronto vendrá otro, con otra persona?  


Ser soltero debería ser un acto de autodescubrimiento, un período en el que uno se encuentra, se comprende, se afianza. Pero en estos tiempos, la soltería se ve como una pausa entre nombres, como una espera hasta el siguiente vínculo efímero. Nadie quiere estar solo porque la soledad pesa, porque mirar hacia adentro es más difícil que distraerse con alguien nuevo.  


Y cuando alguien intenta darle significado al amor, cuando se resiste a la inercia de coleccionar besos sin raíces, la sociedad lo mira con extrañeza. Hablar de amor es casi un acto de ingenuidad, como si aspirar a algo más profundo fuera un delirio de otro siglo. ¿Quién quiere aferrarse a una sola persona cuando hay tantas opciones al alcance de un mensaje?  


Pero entonces llega la contradicción, la hipocresía latente en tantas relaciones. ¿Cómo pueden aquellos que temen la traición convertirse en los mismos que la provocan? Temen el engaño, el abandono, la mentira, y sin embargo, en un beso, rompen la fidelidad que dicen defender. Porque al parecer, si lo hacen ellos, no está mal; si su pareja no les dio la seguridad que esperaban, es razón suficiente para buscar consuelo en otros brazos en lugar de intentar reparar lo que se fracturó. ¿Entonces por qué querían una relación? ¿Por qué juraron amor, si la lucha por sostenerlo nunca fue una opción real?  


Las relaciones de papel nos rodean, frágiles, inmediatas, listas para romperse con la mínima presión. El amor que alguna vez fue piedra es ahora hoja suelta, flotando en la corriente, perdiendo el peso que lo hacía real. Y tal vez, en medio de esta ligereza, aún haya quienes busquen algo más, quienes resistan el vacío disfrazado de conexión, quienes aún crean que el amor no está hecho para ser descartable.  


En medio de esta fugacidad, en este mundo donde el amor parece cada vez más ligero, persiste un anhelo diferente. Un deseo que no se amolda a la velocidad de los días, ni a la lógica del desapego. No me importa si me llaman de mente cerrada, si creen que es anticuado querer solo a una persona, si piensan que amar con devoción es aburrido. Para mí, el amor no es una acumulación de nombres, ni una colección de recuerdos compartidos con demasiados rostros.  


Quiero amar solo una vez. Amar profundamente, con toda mi esencia, con todo lo que soy y lo que seré. Entregarme con sinceridad, con fidelidad, con la certeza de que no necesito probar otros caminos porque este será el único que quiero recorrer. No por miedo, no por costumbre, sino porque elegir a una persona significa construir con ella algo que valga la pena sostener.  


Por eso atesoraré mis años de soltería. No los viviré con prisa, ni con la presión de encontrar a alguien rápido. Los aprovecharé para descubrir quién soy, qué puedo ofrecer, qué quiero recibir. No me perderé en relaciones vacías solo para evitar estar sola. Prefiero esperar, prefiero conocerme, prefiero tomarme el tiempo necesario para encontrar a quien será mi único amor.  


Porque cuando lo encuentre, no será una elección impulsiva, ni un capricho pasajero. Será una promesa real, una entrega recíproca, una historia que no dependerá de la fragilidad del papel, sino de la fuerza de lo que dos almas pueden construir juntas. 

Vieja amiga

En la oscuridad de la madrugada, cuando el mundo descansa y el ruido cotidiano se desvanece, el corazón habla con un lenguaje que sólo tú entiendes. Desde los doce años, ese latido ha contado historias de dolor, pequeñas punzadas que al principio eran apenas un susurro. Hoy, sin embargo, cada latido es una fractura, una grieta en el núcleo de tu ser, como si el tiempo y la vida misma insistieran en desmoronar lo que aún queda de ti.


Tu única amiga, siempre fiel en su presencia, va y viene como las estaciones. Ella te observa en los momentos más oscuros, en los instantes en que tus lágrimas alimentan su insaciable hambre. Es la sombra que ha compartido más contigo que cualquier otro, la que conoce cada rincón de tu tristeza, y la que guarda tus secretos. Esa vieja amiga, la depresión, nunca se aleja del todo; siempre regresa.


Intentaste hablar de ella, compartir su existencia con tu familia, pero las luces de sus teléfonos parecían más brillantes que tu dolor. Tu voz se perdió entre sus risas, y las palabras se transformaron en burlas y juicios. "Miedos infantiles," dijeron. "Voces absurdas." En ese momento, su mano fría silenció tus palabras, y la depresión se quedó como tu única confidente. Desde entonces, te has aferrado a ella en una relación que quema y abraza por igual.


Años pasaron, y aunque encontraste breves destellos de luz en personas que te ofrecieron un escape del ruido, siempre regresaba. Incluso cuando parecía que el mundo ofrecía calma, risas, y una verdadera conexión, ella esperaba. Era paciente, observaba desde lejos, sabiendo que el dolor encontraría su camino de regreso.


El ruido de la vida, las conversaciones que giran en círculos, las quejas y los malentendidos, te hicieron cuestionar todo. ¿Qué sentido tiene hablar cuando tu voz parece un eco distante? ¿Qué sentido tiene abrirte cuando el resultado es otro correctivo, otra queja, otro desinterés? Cuando quisiste compartir lo profundo de tu herida, te encontraron con juicios y reproches, y la vieja amiga susurró en tu oído: "Nadie te rescatará. Nadie te escuchará. Sólo me tienes a mí."


Y así, entre lágrimas y reflexiones, tu mente viaja por los recuerdos de amistades fugaces y momentos robados. A veces, esas amistades eran todo lo que tenías, pero ¿eran realmente tuyas? No eran tus amigos; eran sólo rostros pasajeros conectados a través de alguien más. Y cuando desaparecieron, te dolio, ella tenia a sus otras amigas, sus salidas, su familia, y tu solo la tenias a ella y el vacío quedó más grande, más imponente. La vieja amiga se alimentó de eso, susurrándote verdades crueles: "No eres suficiente. No traes nada bueno a sus vidas. Eres el mal augurio que todo lo contamina."


El dolor de verlas avanzar, de verlas construir relaciones mientras tú quedas atrás, se siente como un peso que se adhiere a tu pecho. Amar, en su esencia, también significa dejar ir. Y tal vez, lo más doloroso es entender que las estrellas brillan mejor cuando están lejos de las sombras. Tu tristeza, esa suciedad que crees portar, es lo que te lleva a alejarlas, no porque no las ames, sino porque las amas demasiado como para atraparlas en tu oscuridad.


Ahora, el eco de su distancia se mezcla con el susurro constante de la depresión. Ella te dice que no mereces nada bueno, que el brillo está reservado para otros. Y mientras los días pasan, mientras la respiración se vuelve pesada y cada pensamiento trae miedo, encuentras que tu vieja amiga está más fuerte que nunca. La pregunta sigue viva en tu mente: ¿Es posible escapar de su abrazo, romper el ciclo, y finalmente encontrar la luz o la única escapatoria es aquella que has pensado desde los doce?

Voila - Barbara Pravi

Entre fragmentos

Frente al espejo, en la calma de mi habitación, veo a alguien que reconozco, una versión de mí misma que no siempre aparece. Observo los contornos de mi rostro, la curva de mi nariz, y pienso en mi bisabuela. Es su legado, un fragmento de historia que llevo conmigo, algo que por momentos parece llenar mi pecho de orgullo. Mi cabello ahora cobrizo enmarca mi cara, y en ese instante fugaz, pienso que soy bonita. Tal vez no perfecta, pero suficiente.

Sin embargo, cuando salgo a la ciudad, algo cambia. Las ventanas de los autos, las vitrinas de las tiendas y los reflejos de los edificios me devuelven una versión de mí que no puedo aceptar. Allí está esa figura que juzgo con dureza: la forma de mis brazos, el abultamiento de mi estómago, la redondez de mis muslos. En esos momentos siento que mi cuerpo se convierte en una barrera, una distorsión que no se parece a lo que quiero ser, a lo que espero que otros vean.

Recuerdo las fotos con mis amigas, la forma en que parecen pertenecer a un mundo donde todo es bello, ligero, compartible. Mientras que yo tengo que editar, retocar, moldear digitalmente la imagen que muestro. ¿Cuántas capas de filtros se necesitan para convertirme en algo aceptable? Tal vez es por eso que solo unas pocas personas pueden reconocer realmente mi rostro, mi verdadero yo. Y aun así, a veces deseo que ni siquiera ellas me vean.

"¿Qué piensas de los filtros?" me preguntaron una vez. No supe qué decir. ¿Que me hacen sentir segura? ¿Que me permiten existir en un espacio donde puedo ser algo cercano a lo que quiero ser? Pero no son reales, y en el fondo lo sé. Esa versión filtrada de mí misma es una creación, un espejismo. Y al escuchar sus palabras —"la de esa foto no es mi amiga, yo la conozco"—, sentí cómo se desmoronaba ese frágil equilibrio entre lo que muestro y lo que soy.

"Cuando te arreglas eres bonita", me dijeron, como si la belleza fuera un atuendo que puedo ponerme o quitarme. Pero, ¿qué pasa cuando no siento lo mismo? ¿Qué pasa cuando la imagen que veo en el espejo no coincide con la que llevo en mi mente, en mi corazón?

Pienso en mi rostro, en las facciones que llevo día a día, y a veces siento que no me pertenecen. Mi rostro es la creación de dos personas que nunca llegaron a amarse, un legado de una historia que no fue de amor. ¿Cómo se supone que debo encontrar belleza en algo que nació de la desconexión? Me miro al espejo y me pregunto si esa fragmentación está grabada en mí, en mis ojos, en la curva de mi boca.

Y hay días en los que no soporto el peso de esa desconexión. Días en los que desearía desaparecer como la espuma en el mar, dejando tras de mí solo el eco de lo que fui. Imagino explotar, como una estrella que alcanza su etapa final, ardiendo desde adentro, consumiendo todo lo que soy. Y quizás, solo después de ese colapso, pueda surgir algo nuevo, una versión de mí que contenga la belleza que en los días buenos alcanzo a ver, aunque sea fugaz, en el reflejo.

Ahora, miro ese reflejo y veo que mi desagrado por lo que soy se ha vuelto real, tangible, una llama que arde con la fuerza de una verdad ineludible. Así que destruiré mi ser hasta moldear cada parte, como el fuego forja al metal, como las olas erosionan la roca hasta revelar nuevas formas. Porque en ese acto de destrucción, tal vez, encuentre la semilla de lo que puedo llegar a ser, de la belleza que solo a veces vislumbro, y que quizás aún me pertenece.

Pienso en mi nombre, en la persona que lo lleva. ¿A quién pertenece este nombre? ¿A la chica del espejo que a veces se siente suficiente, o a la sombra que evita su propio reflejo en las ventanas de la ciudad? Quizá la respuesta no sea simple, pero sé que esta lucha, este camino hacia la reconciliación conmigo misma, es una historia que aún estoy escribiendo. Y aunque a veces duele, quiero creer que al final encontraré algo verdadero, algo que sea mío.

El eco de un latido en mis manos

Dicen que el amor es humano, pero yo aprendí a amar en el silencio de cuatro patas. Desde que tengo memoria, mi mundo ha estado poblado de h...