Agujero negro



Volví a perderme en un lugar que ya conocía demasiado bien.

No fue casualidad.
Nunca lo es contigo.
Siempre hay algo que me empuja hacia ti, como si una parte de mí necesitara tocar el fuego para confirmar que aún puede sentir.

Y es que no eres nuevo en mi historia…
llevas años apareciendo y desapareciendo, como si nuestras vidas insistieran en rozarse aunque nunca realmente se encuentren.
Estábamos en los mismos lugares, en los mismos tiempos… pero nunca fuimos nada, nunca nos vimos de verdad.
Hasta ahora.

Y aún así, ni siquiera ahora somos algo real.
Somos silencios, ausencias, regresos incómodos…
somos dos personas perdidas encontrándose solo en los momentos más oscuros.

Tú… que eres caos, que eres herida, que eres ese reflejo de todo lo que intento dejar atrás.
Y aún así, ahí estaba yo, buscándote otra vez.

Mientras tanto, en otra parte de mi vida, existe alguien que me quiere bonito.
Alguien que no me hace dudar, que no me rompe, que no me obliga a cuestionar si valgo o no.
Alguien con quien estoy aprendiendo, poco a poco, a bajar las defensas… a dejar de pelear con la idea de ser querida.

Marte


Y aún así… fui yo quien tomó el camino equivocado.

Porque a veces la paz se siente extraña cuando creciste en guerra.
Porque a veces el amor sano no grita lo suficiente para tapar el ruido de lo que dolió antes.
Porque cuando por fin algo es bueno… una parte de mí desconfía, tiembla… y busca destruirlo antes de que me destruya a mi.

Y entonces te elegí a ti.
Otra vez.

Elegí el vértigo, el peligro, la incertidumbre…
Elegí sentirme viva aunque fuera a costa de mí misma.

Me fui contigo desde la mañana, como si ya supiera en qué iba a terminar todo.
Entre risas, alcohol y palabras que nunca terminan de decir nada importante… me fui soltando, me fui perdiendo.
Hablamos de todo y de nada, como siempre.
Y por momentos parecía que había algo más… algo cercano, algo casi íntimo… algo que nunca termina de existir del todo entre nosotros.

Incluso hiciste cosas que antes no hacías.
Como si por un instante fueras otra versión de ti… o como si yo quisiera creer que podías serlo.

Pero contigo nada se queda en lo bonito.

Todo cambia.
Todo se rompe.

Tomaste mi celular… y yo te dejé.

Esa es la parte que más me duele admitir.
No fue solo lo que hiciste… fue que yo sabía que podías hacerlo.
Sabía cómo eres.
Y aun así te di la llave.

Como si una parte de mí quisiera que vieras todo.
Como si en el fondo necesitara que el caos llegara.

Y llegó.

Mensajes que no eran tuyos, conversaciones viejas que ya no significaban nada…
y luego Marte.

Lo que hiciste después fue como ver mi mundo romperse en tiempo real.
No pude detenerte.
Intenté, luché, me caí… pero no pude.

Y en ese momento entendí algo que dolió más que todo
yo misma había puesto todo en riesgo.

Yo había llevado el peligro hasta la puerta de algo que sí era bueno.

Y cuando todo cayó… cuando el miedo, la culpa y la ansiedad me alcanzaron,
lo único que hice fue llorar.

Llorar porque sabía lo que había hecho.
Porque sabía lo que podía perder.

Pero también porque estaba cansada.

Cansada de ser la buena.
Cansada de darlo todo y quedarme vacía.
Cansada de haber sido siempre la que pierde, la que se queda con el amor en las manos mientras otros se van sin mirar atrás.

Y en medio de todo eso… dije algo que llevaba mucho tiempo dentro de mí

Que estaba cansada de ser buena.

Que quería dejar de ser la que siempre intenta, la que siempre entiende, la que siempre perdona…
y convertirme en lo mismo que me rompió.

Y tú, con esa frialdad que te caracteriza, lo dijiste claro:

“Pero tú escoges si quieres ser igual a esas personas mierdas.”

Y dolió.

Porque tenías razón.

Porque en medio de todo ese caos… la única que estaba decidiendo era yo.

Y aun así… cuando todo me sobrepasó, cuando el llanto ya no lo podía contener y me sentía completamente perdida…
te acercaste.

Me extendiste los brazos y dijiste “ven”.

Y en ese momento dejé de ser fuerte.
Dejé de sostener todo.
Y me sentí como una niña pequeña, asustada, rota… buscando un lugar donde esconderse.

Me refugié en tu pecho.

Me escondí ahí, entre tus brazos, como si pudieras protegerme del mismo daño que tú estabas causando.
Como si en ese abrazo pudiera desaparecer todo lo que acababa de pasar.
Como si por un instante… todo estuviera bien.

Y eso fue lo más confuso de todo.

Encontrar consuelo en quien también me estaba rompiendo.

Y cuando pensé que te ibas, cuando sentí ese vacío horrible que conozco tan bien…
te pedí que te quedaras.

Como una niña asustada después de hacer algo mal.
Como alguien que, a pesar de todo, sigue teniendo miedo de que la abandonen.

¿De verdad quería que te quedaras?

No lo sé.

Pero te quedaste.

Y volvimos a perdernos otra vez.

Como si nada hubiera pasado.
Como si mi vida no estuviera rompiéndose al mismo tiempo en otro lugar.

Y ahí entendí algo aún más oscuro

Que contigo no hay futuro… pero hay una intensidad que me atrapa. Que me atrae como la energía de un agujero negro devorando todo a su paso, que no deja escapar nada, incluso a mi, eres un agujero negro del que no quiero escapar.
Una sensación de peligro que me hace sentir algo, aunque ese algo me destruya.

Y sí… una parte de mí te quiere.

No sé por qué.
No sé desde cuándo.
No sé desde qué herida.

Pero no es amor…
es algo más oscuro, más roto, más familiar.

Tal vez te quiero porque eres lo que siempre conocí.
Porque contigo no tengo que esperar algo bueno…
porque contigo no hay decepción, solo confirmación.

Confirmación de que el daño es lo seguro.

Y eso… eso es lo que más me duele aceptar.

Que cuando alguien me quiere bien… dudo.
Pero cuando alguien me trata mal… me siento en casa.

Al final del día,

Antes de irme, todo se volvió extraño otra vez… como si ninguno de los dos supiera cómo despedirse sin romper algo más.

Me abrazaste.

Un abrazo distinto… más lento, más consciente.
Como si en ese momento sí hubiera algo real entre nosotros.
Como si por un segundo dejáramos de ser caos.

Me diste las gracias.
Por lo que hice… por estar ahí.

Y eso dolió más de lo que esperaba.

Porque no éramos nada… pero ese gesto se sintió como algo que nunca va a ser suficiente.

Entonces me acerqué, me puse de puntas, te tomé de la playera…
y te di un beso corto.

Uno que no prometía nada.
Uno que no arreglaba nada.
Uno que solo marcaba el final de algo que nunca empezó bien.

Te dije que todo estaba bien… aunque no lo estaba.

Y me fui.

Con tu olor en mi ropa, con el peso en el pecho, con la mente hecha un desastre.
Y lo primero que hice fue buscar a Marte… llorarle… pedirle perdón.

Aferrarme a lo bueno después de haber corrido directo hacia lo que me rompe.

Y ahora estoy aquí…

Con la culpa, con el miedo, con la confusión…
pero también con una verdad que ya no puedo ignorar:

No estoy rota por sentir esto.
Pero sí me estoy rompiendo por no elegir algo diferente.

Porque al final…
no es lo que me hicieron,
es lo que ahora yo decido hacer conmigo.

El eco de un latido en mis manos

Dicen que el amor es humano, pero yo aprendí a amar en el silencio de cuatro patas. Desde que tengo memoria, mi mundo ha estado poblado de hocicos fríos y miradas que, sin decir una sola palabra, lo comprendían todo. Siempre fui esa persona: la que buscaba refugio en lo sencillo, la que prefería la lealtad de un animal al ruido vacío de la gente.

Cuando la tristeza me inundaba y las ganas de llorar me apretaban la garganta, nunca hubo unos brazos humanos esperando para sostenerme. Pero siempre, siempre, hubo una cabeza que se apoyaba en mi regazo o una caricia peluda que me recordaba que seguía viva. Mis mascotas fueron mis pañuelos, mis confidentes y mis anclas.

Recuerdo llegar de la escuela a una casa que, de otro modo, habría estado desierta. El silencio me habría devorado de no ser por ellos. No comía sola; comía con su compañía constante, con su presencia llena de vida que llenaba cada rincón del comedor. Y en esas noches eternas, esperando el sonido de la llave de mi mamá en la puerta, el miedo nunca pudo entrar. No estaba sola esperando en la oscuridad; estaba jugando, riendo en voz baja o simplemente durmiendo abrazada a ese calor honesto que solo ellos saben dar.

Por eso, cuando uno de ellos se va, una parte de mi cuerpo se apaga.

No es solo tristeza; es un duelo físico que me enferma el alma y me debilita los huesos. Es perder al testigo de mis soledades, al único ser que me vio crecer cuando nadie más miraba. Quedarme desconsolada es lo mínimo que puedo hacer por quienes me dieron todo a cambio de nada. Porque al final del día, ellos no solo fueron mis mascotas; fueron el hogar que yo misma construí para no sentirme huérfana en este mundo.

Papelera

Hay heridas que no duelen por fuera, sino en ese rincón donde guardé el cariño que creí muerto y que tú, sin merecerlo, despertaste. Me dormí triste porque recordé aquella llamada donde me decías en lista las cosas que te gustaban de mí, y en ella estaban mis labios y mi arco de cupido… y ahora odio que mintieras tan bien, porque ahora dudo cada que alguien me dice que ama algo tan detallado de mí. Qué ironía: lo que un día me hizo sentir especial, hoy sólo me recuerda que no todos los gestos nacen de la verdad.

Luciernaga

Hay una batalla que se libra en el alma de quien ama sin ser correspondido. No es un combate de valentía ni de sacrificio, porque en el amor, el esfuerzo por sí solo nunca es garantía de reciprocidad. Puedes darlo todo, entregar cada día, cada pensamiento, cada gesto, pero si no eres quien la otra persona quiere, entonces no hay más que hacer. No hay llave secreta que abra ese corazón, ni promesa que incline su voluntad.  


El tiempo no negocia, no recompensa la espera con la certeza del amor deseado. Puedes contar los días, los meses, las horas invertidas, pero el corazón ajeno no entiende de méritos ni de perseverancia. Y es en ese punto donde el mayor acto de amor que uno puede darse a sí mismo es la compasión. La compasión de soltar, de aceptar que no se trata de rendirse, sino de volver a uno mismo.  


Regresar, no como quien se repliega derrotado, sino como quien se redescubre. Porque antes de amar con tanta intensidad, hubo una versión de ti que existía sin la desesperanza de la ausencia. Esa persona sigue ahí, solo que ahora lleva consigo la madurez de los años y la comprensión de que el amor no se mendiga.  


Alejarse de lo que se ama, de lo que se ha luchado por conservar, no es un acto de cobardía; es un gesto de respeto propio. Porque si el amor exige tu sufrimiento constante, si la lucha se convierte en un castigo, entonces no es amor lo que mereces. No es amor lo que debes seguir sosteniendo.  


Y por más lágrimas que caigan de mis ojos, él jamás podrá darme la respuesta que quiero. No es egoísta pedir respuestas, no es injusto querer entender. Pero ¿cómo entender lo que jamás tuvo sentido? ¿Cómo encontrar lógica en querer a alguien que nunca me dio nada? No hubo palabras dulces, no hubo tiempo compartido, no hubo momentos que atesorar. No fue la distancia la culpable, porque siempre hubo maneras, siempre hubo formas, pero él simplemente no quiso dar.  


No podía, ¿o no quería?  


¿Por qué tenía que rogar? ¿Por qué siempre tenía que pedir? ¿Por qué siempre fui yo quien debía comprender, quien debía poner sus sentimientos primero? ¿Qué hay de los míos?  


Y ahora, ¿no te importa nada? ¿Te da igual todo? ¿Por qué no quieres que me quede? ¿Por qué no buscas siquiera una chispa? ¿Significa que jamás sentiste nada? Ni siquiera el eco de una chispa... ni siquiera eso.  


A veces pienso en las luciérnagas, en su brillo que corta la oscuridad como un susurro de luz flotando en el aire. Nunca he visto una, pero siempre he deseado hacerlo. Imagino su destello danzando en la noche, tan delicado, tan fugaz, tan imposible de atrapar. Como si su luminiscencia contuviera el secreto de algo más grande, algo que no se puede tocar, solo contemplar desde la distancia.  


Tal vez el amor que nunca me fue dado es como el resplandor de una luciérnaga que nunca llegó a mi cielo. Una luz que existe en algún lugar, pero no para mí. Y si nunca pude verlas brillar, quizá tampoco era mi destino recibir la luz de su cariño. 


Odio las flores

He visto ramos colgando de manos ajenas,  y he sentido el aroma dulce de pétalos recién cortados. He observado cómo otros reciben el gesto, el destello en sus ojos cuando alguien, sin ser preguntado, ha decidido que merecen ese pequeño lujo.


Y, sin embargo, yo nunca he sostenido un ramo entre mis dedos.


No porque no lo desee. Me he mentido tantas veces diciéndome que no me importan, que el gesto es frágil, pasajero, innecesario. Que no quiero que nadie gaste en mí, que los pétalos caen, que las flores mueren. Pero en el fondo sé que no es cierto. No odio el gesto, solo temo el vacío de nunca haberlo recibido.


Hay algo profundamente humano en un ramo de flores. No es solo el objeto, ni siquiera el acto de entrega. Es lo que representa: pensar en alguien más allá de lo cotidiano, detenerse un instante y decidir que esa persona merece un detalle que no es útil, ni práctico, pero sí hermoso. Es el reconocimiento silencioso de un cariño, un afecto, un amor que no busca grandes discursos ni sacrificios, solo una pequeña belleza fugaz.


Y no quiero pedirlo. No quiero que alguien me regale flores porque se lo reclamé, porque las nombré en voz alta y el deber se volvió mayor que el deseo. Quisiera que alguien, por voluntad propia, pensara en mí frente a un ramo y creyera que su belleza me corresponde. Que sintiera, sin presión alguna, que un detalle tan efímero pero tan hermoso podría hacerme feliz.  


Porque no son baratas. Porque no se regalan sin pensar. Porque quien las compra sabe que está dedicando más que dinero: tiempo, intención, afecto.  


Y, sin embargo, aquí estoy, convenciéndome de que no me importan, de que no necesito flores, de que no las quiero, como si en esa mentira pudiera ocultar el miedo de que, tal vez, jamás alguien vea en mí la promesa de un ramo.  


Pero entonces me descubro imaginándolo, sin querer, sin poder evitarlo. La sensación de recibirlas sin esperarlas, la sorpresa de un gesto sincero, la certeza de que alguien, al menos por un instante, pensó que merecía algo hermoso.  


Y en alguna parte de mí sigue la pregunta: ¿algún día alguien creerá que merezco el gesto? 


Recomendación:

Bts the truth untold

Relaciones de papel

 

El amor ha cambiado. O quizá no, quizá solo ha perdido peso, como una estrella que va extinguiéndose poco a poco, reducida a una luz pálida que aún brilla, pero sin la misma intensidad.  


La monogamia, ese concepto antaño defendido con fervor, Las relaciones de hoy son frágiles, construidas sobre cimientos de arena, esperando el primer viento para derrumbarse. Son relaciones de papel, escritas con promesas efímeras y sentimientos de tinta diluida, destinadas a rasgarse en cualquier momento, sin resistencia, sin lucha. Amor de nombres que cambian con la velocidad de un mensaje nuevo, de caricias que no buscan profundidad, solo ocupar el vacío del instante. ¿Cuántas veces se ha dicho "te amo" sin intención de sostenerlo en el tiempo? ¿Cuántas veces se ha dado un beso con la certeza de que pronto vendrá otro, con otra persona?  


Ser soltero debería ser un acto de autodescubrimiento, un período en el que uno se encuentra, se comprende, se afianza. Pero en estos tiempos, la soltería se ve como una pausa entre nombres, como una espera hasta el siguiente vínculo efímero. Nadie quiere estar solo porque la soledad pesa, porque mirar hacia adentro es más difícil que distraerse con alguien nuevo.  


Y cuando alguien intenta darle significado al amor, cuando se resiste a la inercia de coleccionar besos sin raíces, la sociedad lo mira con extrañeza. Hablar de amor es casi un acto de ingenuidad, como si aspirar a algo más profundo fuera un delirio de otro siglo. ¿Quién quiere aferrarse a una sola persona cuando hay tantas opciones al alcance de un mensaje?  


Pero entonces llega la contradicción, la hipocresía latente en tantas relaciones. ¿Cómo pueden aquellos que temen la traición convertirse en los mismos que la provocan? Temen el engaño, el abandono, la mentira, y sin embargo, en un beso, rompen la fidelidad que dicen defender. Porque al parecer, si lo hacen ellos, no está mal; si su pareja no les dio la seguridad que esperaban, es razón suficiente para buscar consuelo en otros brazos en lugar de intentar reparar lo que se fracturó. ¿Entonces por qué querían una relación? ¿Por qué juraron amor, si la lucha por sostenerlo nunca fue una opción real?  


Las relaciones de papel nos rodean, frágiles, inmediatas, listas para romperse con la mínima presión. El amor que alguna vez fue piedra es ahora hoja suelta, flotando en la corriente, perdiendo el peso que lo hacía real. Y tal vez, en medio de esta ligereza, aún haya quienes busquen algo más, quienes resistan el vacío disfrazado de conexión, quienes aún crean que el amor no está hecho para ser descartable.  


En medio de esta fugacidad, en este mundo donde el amor parece cada vez más ligero, persiste un anhelo diferente. Un deseo que no se amolda a la velocidad de los días, ni a la lógica del desapego. No me importa si me llaman de mente cerrada, si creen que es anticuado querer solo a una persona, si piensan que amar con devoción es aburrido. Para mí, el amor no es una acumulación de nombres, ni una colección de recuerdos compartidos con demasiados rostros.  


Quiero amar solo una vez. Amar profundamente, con toda mi esencia, con todo lo que soy y lo que seré. Entregarme con sinceridad, con fidelidad, con la certeza de que no necesito probar otros caminos porque este será el único que quiero recorrer. No por miedo, no por costumbre, sino porque elegir a una persona significa construir con ella algo que valga la pena sostener.  


Por eso atesoraré mis años de soltería. No los viviré con prisa, ni con la presión de encontrar a alguien rápido. Los aprovecharé para descubrir quién soy, qué puedo ofrecer, qué quiero recibir. No me perderé en relaciones vacías solo para evitar estar sola. Prefiero esperar, prefiero conocerme, prefiero tomarme el tiempo necesario para encontrar a quien será mi único amor.  


Porque cuando lo encuentre, no será una elección impulsiva, ni un capricho pasajero. Será una promesa real, una entrega recíproca, una historia que no dependerá de la fragilidad del papel, sino de la fuerza de lo que dos almas pueden construir juntas. 

Vieja amiga

En la oscuridad de la madrugada, cuando el mundo descansa y el ruido cotidiano se desvanece, el corazón habla con un lenguaje que sólo tú entiendes. Desde los doce años, ese latido ha contado historias de dolor, pequeñas punzadas que al principio eran apenas un susurro. Hoy, sin embargo, cada latido es una fractura, una grieta en el núcleo de tu ser, como si el tiempo y la vida misma insistieran en desmoronar lo que aún queda de ti.


Tu única amiga, siempre fiel en su presencia, va y viene como las estaciones. Ella te observa en los momentos más oscuros, en los instantes en que tus lágrimas alimentan su insaciable hambre. Es la sombra que ha compartido más contigo que cualquier otro, la que conoce cada rincón de tu tristeza, y la que guarda tus secretos. Esa vieja amiga, la depresión, nunca se aleja del todo; siempre regresa.


Intentaste hablar de ella, compartir su existencia con tu familia, pero las luces de sus teléfonos parecían más brillantes que tu dolor. Tu voz se perdió entre sus risas, y las palabras se transformaron en burlas y juicios. "Miedos infantiles," dijeron. "Voces absurdas." En ese momento, su mano fría silenció tus palabras, y la depresión se quedó como tu única confidente. Desde entonces, te has aferrado a ella en una relación que quema y abraza por igual.


Años pasaron, y aunque encontraste breves destellos de luz en personas que te ofrecieron un escape del ruido, siempre regresaba. Incluso cuando parecía que el mundo ofrecía calma, risas, y una verdadera conexión, ella esperaba. Era paciente, observaba desde lejos, sabiendo que el dolor encontraría su camino de regreso.


El ruido de la vida, las conversaciones que giran en círculos, las quejas y los malentendidos, te hicieron cuestionar todo. ¿Qué sentido tiene hablar cuando tu voz parece un eco distante? ¿Qué sentido tiene abrirte cuando el resultado es otro correctivo, otra queja, otro desinterés? Cuando quisiste compartir lo profundo de tu herida, te encontraron con juicios y reproches, y la vieja amiga susurró en tu oído: "Nadie te rescatará. Nadie te escuchará. Sólo me tienes a mí."


Y así, entre lágrimas y reflexiones, tu mente viaja por los recuerdos de amistades fugaces y momentos robados. A veces, esas amistades eran todo lo que tenías, pero ¿eran realmente tuyas? No eran tus amigos; eran sólo rostros pasajeros conectados a través de alguien más. Y cuando desaparecieron, te dolio, ella tenia a sus otras amigas, sus salidas, su familia, y tu solo la tenias a ella y el vacío quedó más grande, más imponente. La vieja amiga se alimentó de eso, susurrándote verdades crueles: "No eres suficiente. No traes nada bueno a sus vidas. Eres el mal augurio que todo lo contamina."


El dolor de verlas avanzar, de verlas construir relaciones mientras tú quedas atrás, se siente como un peso que se adhiere a tu pecho. Amar, en su esencia, también significa dejar ir. Y tal vez, lo más doloroso es entender que las estrellas brillan mejor cuando están lejos de las sombras. Tu tristeza, esa suciedad que crees portar, es lo que te lleva a alejarlas, no porque no las ames, sino porque las amas demasiado como para atraparlas en tu oscuridad.


Ahora, el eco de su distancia se mezcla con el susurro constante de la depresión. Ella te dice que no mereces nada bueno, que el brillo está reservado para otros. Y mientras los días pasan, mientras la respiración se vuelve pesada y cada pensamiento trae miedo, encuentras que tu vieja amiga está más fuerte que nunca. La pregunta sigue viva en tu mente: ¿Es posible escapar de su abrazo, romper el ciclo, y finalmente encontrar la luz o la única escapatoria es aquella que has pensado desde los doce?

Voila - Barbara Pravi

Agujero negro

Volví a perderme en un lugar que ya conocía demasiado bien. No fue casualidad. Nunca lo es contigo. Siempre hay algo que me empuja haci...